Por Ing. Bolívar Solórzano Granados, MSCE, MSM, PMP

Profesor del curso de Formulación y Evaluación Estratégica de Proyectos en el Programa de Maestría en Administración de Proyectos de la Universidad para la Cooperación Internacional.

Agosto, 2015

 

Según Wikipedia:

Una externalidad es aquella situación en la que los costos o beneficios de producción y/o consumo de algún bien o servicio no son reflejados en el precio de mercado de los mismos. En otras palabras, son externalidades aquellas “Actividades que afectan a otros para mejorar o para empeorar, sin que éstos paguen por ellas o sean compensados”. Existen externalidades cuando los costos o los beneficios privados no son iguales a los costes o los beneficios sociales. Los dos tipos más importantes son las economías externas (externalidad positivas) o las deseconomías externas (externalidades negativas).  Una mejor clarificación: una externalidad es el “Efecto negativo o positivo de la producción o consumo de algunos agentes sobre la producción o consumo de otros, por los cuales no se realiza ningún pago o cobro”. (Externalidad, s.f.)

Así, a partir de tan elegantes definiciones y explicaciones, las externalidades podrían parecer, o podríamos pretender verlas, como algo ajeno a nosotros, o a nuestros proyectos, o a nuestro entorno inmediato.  Incluso podríamos llegar a verlas como algo demasiado difuso y etéreo como para que implique ningún impacto tangible en entorno alguno percibido.

En la actualidad, una realidad que no podemos evadir es que los efectos claros de esas “externalidades”, por más que pudiésemos pretender creerlas tan lejanas, nos golpean con fuerza en nuestras propias narices.

Cuando observamos las “externalidades” que pueden generar impactos negativos, por ejemplo, en nuestro medio ambiente, podemos ver con claridad que los precios de muchas de los bienes y servicios que consumimos regularmente no reflejan la realidad de los costos y beneficios que deberíamos asociar, con mucha mayor claridad, al uso del medio ambiente.

Por ejemplo, hasta hace no mucho tiempo, en un país como Costa Rica, que cuenta con un excelente servicio público de tratamiento y distribución de agua potable, y mucho de cuyo abastecimiento se puede obtener de fuentes naturales muy limpias, lo normal y usual era tomar el agua potable para beber directamente de las tuberías de nuestras casas y oficinas.  Sin embargo, llegó el momento en que el afán de algunas empresas por convencernos de adquirir productos y servicios, que en otros tiempos no necesitábamos ni pensábamos en alguna posible razón para necesitarlos, nos logró convencer de lo “peligrosa” que podría resultar esa práctica tan normal y usual de beber agua en forma simple.  La solución para poder alejarnos de tan desafiante peligro resultó ser, por supuesto, el agua embotellada.

Así, con el tiempo, el agua embotellada se ha ido posicionando en nuestro entorno y en nuestras mentes bombardeadas por los mensajes continuos de los medios de comunicación que nos incitan al consumo de todo aquello que promueven, como una opción de moda para disfrutar de una bebida “natural, saludable y con cero calorías”.  La publicidad llena nuestra visión con imágenes de fuentes cristalinas y verdes bosques, y por supuesto, con la conveniencia de cómodos envases desechables, que convierten el agua en algo más que la clásica bebida que ha consumido el ser humano por milenios.

Por un valor cercano a un dólar, o su equivalente en moneda local, podemos tener una refrescante porción de medio litro de esta “novedosa” bebida, tan novedosa que se ha llegado en convertir en la gran competencia de las bebidas gaseosas.  Esto parece caro si lo comparamos con los muchos litros que podríamos adquirir por ese precio con sólo abrir la llave de nuestro suministro domiciliar.  Sin embargo, el precio que pagamos por ese medio litro de agua embotellada, muy posiblemente, representa sólo una pequeñísima fracción del precio que en realidad deberíamos pagar.

Para que llegue a nuestras manos esa pequeña porción de agua, muchos procesos, recursos y personas han sido involucrados, cada uno de ellos con impactos que se podrían calificar como “externalidades”.  Si sólo comparamos lo que puede costar (y lo poco que puede impactar) transportar medio litro de agua a través de una tubería de servicio público con lo que puede costar procesar, embotellar (y producir la botella), distribuir y transportar esas pequeñas unidades (¡a veces hasta son importadas!) en vehículos motorizados que consumen combustibles y generan contaminación, mantenerlas refrigeradas por días en equipos altamente consumidores de energía, etc.  El impacto que puede tener todo este conjunto de elementos, en comparación con la clásica tubería, es casi incomparable.  Y, a esto, podríamos sumar el volumen de desechos que se produce al terminar de consumir el producto y hacer valer la promesa de su envase “desechable”.  Si bien estos envases están hechos de materiales aptos para el reciclaje, este reciclaje no siempre se realiza y, aún si se realizara, sigue siendo un excesivo uso de recursos el hacer y rehacer envases para transportar algo que puede viajar en forma tan eficiente a través de una tubería.

A lo que buscan llegar estas reflexiones es a tomar consciencia sobre los impactos tan grandes que pueden llegar a tener cosas tan cotidianas e inocentes como tomar agua embotellada.  Como directores de proyectos, debemos tener una consciencia aguda y despierta para ponderar la realidad de los impactos positivos y negativos que puedan generar los proyectos y procesos en los que nos involucremos, mucho más allá de lo obvio y fácilmente cuantificable, pues hay impactos impresionantes que muchas veces quedan ocultos de la apreciación responsable al ser considerados como “externalidades”.

Referencia:

Externalidad (s.f.). En Wikipedia. Recuperado en agosto del 2015, de: https://es.wikipedia.org/wiki/Externalidad#Externalidades_y_medio_ambiente