Desde niño siempre pensé en que cada uno de nosotros puede  y debe contribuir a cambiar el mundo, sin importar el tamaño del grano de arena que aportamos. Hice varios intentos, inicialmente desde mi profesión, la medicina veterinaria, intenté hacerlo desde diversas instituciones académicas, públicas y privadas, intenté hacerlo mediante la implementación del Programa 21 en las universidades públicas, pero finalmente opté por aceptar que era más fácil empezar algo nuevo que intentar corregir algo ya consolidado; los seres humanos nos caracterizamos por tener una gran resistencia al cambio.

En estos 22 años he tenido el enorme privilegio de estar rodeado de personas que se han unido al sueño de construir una universidad diferente. Nuestro objetivo primordial no ha sido distinguirnos de las demás, creemos en el liderazgo colaborativo y no individual (la competitividad absurda, promovida por las grandes escuelas de administración, ha arruinado a nuestra sociedad, promoviendo desde tempranas edades el individualismo y egoísmo por encima de la comunidad). Hemos impulsado una forma de pensar diferente y de apoyar y facilitar el aprendizaje, alejándonos de la “docencia clásica”, la del “maestro” poseedor y dueño del conocimiento. El conocimiento hoy está disponible para todos y cada año se multiplica exponencialmente. Las bibliotecas físicas se convierten poco a poco en museos de libros. Llenar las mentes de información o conocimiento no redunda en mejores profesionales y menos, en mejores personas.

Siempre hemos impulsado programas pioneros, algunos incluso a nivel mundial; programas diferentes, novedosos, transdisciplinarios, de calidad y, ofrecidos a través de metodologías y tecnologías que nos permiten llegar a los rincones más remotos del planeta. Esto ha permitido a muchos profesionales lograr su superación pero además le ha permitido a un público nuevo el estudio que incorpora personas rurales que no tienen condiciones de trasladarse a grandes centros urbanos, madres jefas de hogar que no quieren abandonar a sus hijos para estudiar, personas con impedimento físico, funcionarios o emprendedores que no pueden abandonar sus trabajos y fuentes de ingreso y muchas otras personas no atendidas por la universidad tradicional, definida como “una comunidad de alumnos y profesores”. La universidad del futuro debe fomentar comunidades de aprendizaje, espacios de co-creación, de análisis crítico, de innovación sin hacer hincapié en la frontera entre profesor y alumno.

UCI me ha compensado de una manera extraordinaria con la oportunidad de estar caminando en la Chiquitanía boliviana, el NOA (Argentina), Cabo de Hornos, Barranquilla, Guanajuato, Petén, Nueva York o Alicante y ser abordado por personas que, con enorme alegría, me paran para saludarme y agradecerme la oportunidad que UCI les brindó para cambiar sus vidas, profesionales y personales,creo que no hay mejor reconocimiento posible para un académico y me llena de orgullo que hayamos apoyado a miles de personas a lograr sus sueños. Con estudiantes y graduados en más de medio centenar de países y cinco continentes, uno podría pensar que ya logramos lo que nos propusimos.

Yo estoy convencido de que apenas estamos empezando. Los datos globales nos indican que estamos cercanos a un colapso planetario en los seis pilares: ambiental, social, económico, político, cultural y espiritual. Por alguna razón absurda la academia tradicional occidental sacó el componente espiritual de su accionar; es más sencillo trabajar con lo que podemos medir. Por muchas razones, la universidad no impulsó el pensamiento sistémico, holístico y se dividió en pequeñas cajitas cada vez más especializadas. En su afán por conocer hasta el nivel subatómico de los componentes del sistema, creyendo tenazmente que así comprendería el mundo, quedó totalmente marginada de poder lidiar con temas complejos que deben superar las paredes de las facultades y departamentos.

El rico conocimiento tradicional de las comunidades autóctonas nos ha demostrado que lo más importante es entender las interacciones y no los componentes del sistema, convirtiéndose en requisito angular para trabajar la complejidad de los desafíos actuales. Pocas universidades sin embargo tienen espacios comunes que permitan la formación o siquiera la investigación holística. Hace medio siglo, la mayoría de las casas de estudio contemplaban una formación más integral pero paulatinamente la han sustituido por la formación en cajitas cada vez más pequeñas, las especialidades. Hoy son escasos los médicos familiares, generalistas, que se preocupaban por la mente y vida de los pacientes para ver más allá de los síntomas y sanar personas a veces sólo con consejos y no medicamentos. Hoy, uno debe someterse a mil exámenes y el médico se limita a su interpretación y de inmediato vienen mil recetas “curativas”. Es difícil encontrar a agrónomos que trabajan desde la base ecosistémica, viendo los suelos como entes vivos y no materia ingenieril; hoy se forman ingenieros agroquímicos, cuya formación y vinculación profesional está amarrada a las grandes corporaciones químicas.

Siendo observadores de primera fila del aceleramiento incontenido de cambios globales, desde hace dos años modificamos en UCI nuestra misión y visión. Hoy, nuestro accionar principal está dedicado a impulsar un desarrollo regenerativo. Ya no podemos lograr uno sostenible, los daños infligidos a la Madre Tierra en todas sus dimensiones han sobrepasado en mucho la capacidad de mantener un planeta en condiciones estables. Los cambios se han acelerado de una manera abrumadora. Los últimos 11 meses han sido los de mayor desviación térmica histórica, rompiendo récords de calor, uno tras otro. El ártico y antártico se deshielan a velocidades no previstas, la geografía y geopolítica serán otras y no habrá tiempo siquiera de imprimir nuevos libros escolares antes de tener que modificarlos. Los desastres “naturales” están costando miles de vidas y medios de vida humanos y de la mayoría de las especies que nos acompañan en este hermoso planeta.

El desarrollo regenerativo se basa en la aproximación holística entremezclando los seis pilares del desarrollo sostenible pero con un enfoque no sólo en frenar la degradación de los mismos y más bien en la reconstrucción, restauración y mejora permanente de éstos, buscando una reducción de la huella ecológica mundial y el restablecimiento de la funcionalidad ecosistémica, social, económica, cultural, política y sobretodo espiritual. Para lograr implementar un desarrollo regenerativo se requiere de una aproximación holística desde el territorio y su funcionalidad, aplicando una gestión creativa, usando escenarios y utilizando la ciencia más avanzada conjuntamente con el conocimiento local. La gobernanza debe ser participativa, con el involucramiento verdaderamente activo de la gente y por lo tanto, el fin es lograr un desarrollo local con equidad, justicia y paz, buscando como fin último el bienestar humano, expresado no en una cifra de dólares americanos por día y sí en felicidad.

Como parte del impulso a este desarrollo regenerativo, que debe ser asumido masivamente por la población, UCI ha fortalecido su trabajo de formación de emprendedores en poblaciones vulnerables, el trabajo de formación masiva de jóvenes promotores de cambio, el establecimiento de espacios que propicien comunidades de aprendizaje y co-creación. Nos verán atendiendo cada vez más personas sin consideración de perfiles académicos, ya que creemos firmemente que para salvar las condiciones propicias para la permanencia de la especia humana en el planeta es necesario lograr la participación de los 7,5 mil millones de habitantes, cada uno aportando su granito de arena, independientemente del tamaño del mismo.

“Que el nuestro sea un tiempo que se recuerde por el despertar de una nueva reverencia ante la vida; por la firme resolución de alcanzar la sostenibilidad; por el aceleramiento en la lucha por la justicia y la paz y por la alegre celebración de la vida”. (Carta de la Tierra)