Por Ing. Luis Diego Argüello Araya, MAP, PMP

Profesor del curso Introducción a la Administración de Proyectos en Administración de Proyectos de la Universidad para la Cooperación Internacional.

Agosto, 2015

 

¿Quién de vosotros, queriendo edificar una torre, no se sienta primero y calcula los gastos, a ver si tiene lo que necesita para acabarla?

(Lucas 14:28-33)

La Administración de Proyectos es una disciplina apasionante. Al menos para mí. Desde que tuve la oportunidad de incursionar en este ámbito, al menos de manera empírica en ese momento, hace varios años, se empezó a dar un cambio sumamente relevante en mi vida. Inicialmente, lo percibí de manera inmediata a nivel profesional. Pasé a ser responsable por definir un alcance, administrar recursos, desarrollar y actualizar un cronograma. Como ingeniero en Sistemas de Información siempre había estado enfocado en actividades de índole técnico, sin preocuparme por el devenir del proyecto como tal y concentrado únicamente en mis tareas. De repente, me vi involucrado en una responsabilidad mayor, que incluía entender las necesidades de un cliente, ponerlas por escrito, validarlas y desarrollar un proyecto para satisfacerlas.

Ese fue el inicio de la aventura. A través de los años, he tenido la posibilidad de participar en muchísimos proyectos, en distintos contextos y con diferentes retos. De forma paralela, tomé la decisión de especializarme en esta disciplina. Progresivamente, he podido comprobar cómo la aplicación de distintas prácticas y herramientas contribuyen significativamente a desarrollar proyectos exitosos. Pude conocer – y explicar – la diferencia entre un proyecto y una operación, un error de concepto común en nuestras organizaciones, en las que se tiende a llamar “proyecto” a cualquier tipo de iniciativa o actividad. Cuando me dijeron que un proyecto, por definición, es único, temporal y de elaboración progresiva, sentí identificación de inmediato con ese concepto. Con el tiempo, he comprendido que eso se debe a que soy un profesional orientado a resultados, a conseguirlos rápido y alcanzarlos por completo y sin pendientes. Es decir, por medio del conocimiento de mí mismo, en este caso en el ámbito profesional, comprendí que soy un deliver por naturaleza. Y lo mejor es que cada proyecto, si está alineado a la estrategia organizacional, terminará por generar valor para esa organización que confió en mí para manejar esa iniciativa. En términos profesionales, descubrí que nada podía alinearse mejor con mi perfil y mi forma de ser.

Posiblemente todo se enfile hacia ese sentimiento de haber superado un reto. Un reto que posiblemente está restringido por un periodo limitado de tiempo, un presupuesto, una serie de restricciones, muchos riesgos, muchas personas con diversos intereses, una o varias metas de negocio y estándares de calidad por cumplir. Es decir, un proyecto. Comprendí que no hay nada más satisfactorio que superar ese reto. Para eso, caí en cuenta que necesitaba herramientas. Y las mismas las encontré en todo un marco de práctica profesional, que nos ofrece un toolbox para que podamos tener con qué ejecutar la faena. Aprendí la teoría. Pero luego caí en cuenta que necesitaba ser más que un teórico y que, como Administrador de Proyectos, necesitaba convertirme en algo más. Me encontré con la realidad de que esa caja de herramientas es efectiva en tanto desarrollemos nuestra habilidad para identificar cuáles de esas herramientas generan valor a nuestro proyecto así como la habilidad de escoger el momento oportuno para utilizarlas. Comprendí que planificar no es suficiente. Es necesario replanificar constantemente. Y a lo largo de todo el proceso, caí en cuenta de que si no me comunicaba constante y claramente no tendría éxito en las iniciativas a mi cargo.

En todo este proceso, me volví ordenado, metódico y sumamente práctico. Los beneficios que esto ha traído a mi vida son innumerables. Cuando llevamos la definición de proyecto a muchos de los esfuerzos e iniciativas que tomamos en nuestras vidas, esas habilidades resultan fundamentales. Hacemos un mejor análisis de lo que queremos hacer, y de los recursos de los que disponemos para hacerlo. Nos preocupamos por el impacto que tendrá lo que queremos hacer en las vidas de otras personas. Medimos los riesgos. Y, al menos en mi contexto particular, aprendemos a desarrollar nuestra inteligencia emocional y a comunicarnos mejor. Casi que podría afirmar que aprendemos a escuchar. Y a escuchar no sólo con nuestros oídos, sino con nuestra mente y nuestro corazón.

Cuando inicie mis primeros pasos en esta profesión, mi mentor me mencionó que mi vida iba a cambiar. Estuve seguro de que iba a cambiar a nivel profesional en ese momento. No intuía que el impacto se iba a generar a nivel personal también. A usted, que lee esta breve reflexión, le invito a iniciar también una aventura. Una aventura en el mundo de la Administración de Proyectos. Tal y como sucedió conmigo, le aseguro que su vida cambiará. ¡Buen viaje!