Muchas de las películas de ciencia ficción nos han presentado la existencia de portales que permiten viajar a través del tiempo y establecer relaciones con personas que nos antecedieron de manera tal, como si estuviésemos en una misma dimensión y condición de temporalidad. Fantasía, que generaba gran expectación y por qué no decir, anhelos y temores ante la posibilidad de romper un orden, un equilibrio en el universo que podría alterar el curso de la historia y por ende nuestra existencia tal y como la conocemos.
La posibilidad de movernos a través del tiempo, de teletransportarnos a diferentes lugares por medio de la transformación física de la materia en cuestión de segundos y de vincularnos holográficamente con otros que están a miles de kilómetros de distancia como si los tuviésemos en frente, han sido expectativas del ser humano representadas de diversas maneras en novelas, filmes y tratados metafísicos por décadas.
Hay aspectos que ya no sólo pertenecen a la ciencia ficción y han pasado a ser parte de una realidad vincular e interactiva actual. La posibilidad de relacionarnos “en vivo” de manera controlada individualmente, quiero decir, que bajo mis propios recursos yo me puedo proyectar en una pantalla con otra persona a miles de kilómetros e interactuar de formas nuevas inimaginables con esa persona o grupo de personas, es una realidad que veinte años atrás solamente pertenecía a este mundo literario con todas las emociones correspondientes, temor, atracción, duda, fascinación y hasta conflictos éticos y espirituales ante esta nueva antropología y realidad sociológica que altera la vida tal y como la conocíamos.
Un mundo nuevo se abrió, un portal vincular que como Caja de Pandora desata en el mundo una infinita cantidad de posibilidades relacionales; espíritus de bien y mal que danzan juntos entre la actual humanidad provocando cambios acelerados en todos los ámbitos de la acción humana.
No me detengo en este ensayo a profundizar en la debacle que se ha generado en muchos ámbitos de la experiencia humana, las nuevas caras de negocios mortales que han inundado virtualmente nuestras vidas. Realidades virtuales como la pornografía, comercio y tráfico de personas y productos, infiltración en la privacidad e intimidad del individuo al punto de la esclavitud política y demagógica;  esto sería para páginas de reflexión en este tipo de consecuencias funestas de la famosa caja abierta, que implican personas reales de carne y hueso, que de forma encubierta, sufren diariamente.
Sin hacer negación de esta realidad someramente expuesta, hago una transición hacia el mundo de oportunidades que se abrió a nivel de desarrollo del pensamiento, del trabajo y contacto humano.  Se acortaron distancias, se aliviaron brechas y se generaron opciones para la acción entre personas que ni siquiera han llegado a conocerse físicamente.
No hay barreras ni fronteras para el trabajo y pensamiento humano compartido entre personas de diversos lugares, contextos, ideologías y culturas. La posibilidad de trabajar en equipos virtuales brinda una nueva posibilidad de democratizar la participación.
Un equipo virtual es una opción relacional que permite abordar objetivos comunes bajo una nueva modalidad de estar “físicamente” juntos a través de medios electrónicos. Materialmente estamos lejos, pero nos vemos, nos escuchamos y nos reímos juntos como si casi pudiéramos tocarnos. Esto ha permitido una nueva revolución industrial, los sistemas de trabajo, pensamiento y producción humana están cambiando vertiginosamente. No es necesario estar juntos para estar unidos, podemos compartir objetivos, valores y métodos virtualmente, podemos discutir y divergir con pasión e intensidad con tal de que se cumpla la visión y la misión compartida.
Los equipos de trabajo virtuales implican los mismos retos de los equipos físicamente presentes en cuanto a estar compuestos por seres humanos y de nuevos retos producto de la realidad virtual.
Como actividad humana, para ser efectiva requiere de voluntad, hay que querer que funcione. Se deben compartir elementos esenciales para que sea viable. Como he señalado anteriormente, la visión, la misión, los objetivos comunes son básicos. Los mismos elementos que señalamos para diferenciar grupos de equipos son aplicables de igual manera en el contexto virtual. Probablemente hay que hacer más énfasis en aspectos muy concretos como lo son el atender a un cronograma, a un horario de reunión muy estricto, pues la virtualidad implica ajustes de horarios meridionales importantes; se requiere de un alto sentido de compromiso y atención, pues es posible estar conectado a través del sistema virtual y a la vez “como no estar”, pues es fácil estar atendiendo la reunión y estar haciendo otra cosa o permanecer mínimamente concentrado.
A pesar de que señalaba que la relación e interacción virtual es una oportunidad de democratizar el acceso a oportunidades de trabajo en equipos, esto depende de las posibilidades de acceso a buenas redes informáticas, a sistemas de servicio de comunicación vía internet de alta calidad, velocidad y disponibilidad que permita el objetivo. Si el acceso es restringido por costos, calidad y disponibilidad, se limita esta posibilidad de actuar en un mundo globalizado.
Podemos concluir que si contamos con los recursos materiales, tecnológicos y educacionales para acceder a la posibilidad de relacionarnos virtualmente, no hay barreras ni fronteras para trabajar en equipos virtuales. Las  barreras que podemos generar y que debemos evitar son aquellas fruto del pesimismo, la pereza y el temor de hacer algo nuevo y diverso y las fronteras, al igual como lo hemos hecho entre países y reinos, son condiciones desde el egoísmo y desde la pretensión de dominio y control, por lo cual para funcionar en equipos virtuales debemos abrirnos a la flexibilidad, a las posibilidades, a la generosidad y a la novedad de manera osada y entusiasta.